El regreso y las raíces

4–5 minutos

Mis pequeñas monsteras están creciendo. 🪴

Los regresos

La primera vez que volví a Perú después de seis años en Rumanía me sentí abrumado. Algunas cosas parecían haber quedado en pausa, otras habían seguido su curso natural, pero sin mí. Una mezcla de emoción y nostalgia me acompañaba al ver esos cambios en persona: un corte de cabello, un hijo nuevo, una mascota, una casa, una calle, un negocio.

Tras un par de semanas en el campo, regresé al apartamento en Bucarest. Apenas abrí la puerta de la cocina, algo me hizo sonreír: mis monsteras. La alegría de verlas sacar nuevas hojas se mezcló con la tristeza de saber que pronto volvería a viajar y me perdería esa transformación.

Las estoy propagando en agua. El contenedor es de vidrio, y puedo observar cómo brotan raíces nuevas, cómo se preparan para sostenerse.

Reservé mi espacio para una clase de Bodycombat. Me alegró ver ciertos rostros conocidos; con respeto y aprecio nos saludamos, compartiendo las mismas conversaciones de siempre: lo pesado de volver a la oficina, la coreografía repetida hasta el cansancio, la dificultad de quemar grasa, la importancia de cuidar la espalda.

Al final de la clase, el entrenador me animó a quedarme a la siguiente. Dudé. Miré el reloj. Me quedé en silencio. Y entonces lo escuché: “Vamos, que confío en ti. Tú puedes.”

Sonreí. Y me quedé.

Perú y Rumanía – El regreso

La familiaridad de un aeropuerto. La textura de los materiales, la estética de los espacios: algunos con sentido, otros que desafían la lógica.

Mi hermano me esperaba y nos abrazamos como si hubieran pasado apenas días, aunque las arrugas y el cabello blanco decían lo contrario. Con mi hermana Laura el reencuentro fue igual de natural, y me confesó que sospechaba que yo tenía tatuajes. Quizás era la primera vez que coincidíamos en Lima.

En Trujillo, toqué el hombro de mi papá. Se sorprendió. Más tarde mi madre contó que a él le preocupaba que mi estilo hiciera pensar a los ‘amigos de lo ajeno’ que yo era turista. Abrazar a mi madre, a cada hermana, reencontrarnos en la vida cotidiana: ir por pan, por pollo, tomar un café, un trago, respirar juntos.

“¿Te has sentido fuera de lugar al regresar?”, me preguntó mi hermana Ammi. Su esposo contestó antes de que respondiera: “No creo que haya tenido tiempo, ha estado con nosotros todo el tiempo.” Y asentí: era cierto.

La ciudad me devolvió color. Caminé al sol, alerta pero no asustado. Miraba a mi alrededor no por miedo, sino porque recordaba la costumbre de estar pendiente de quién camina detrás, de proteger lo que llevo en las manos, los bolsillos o la mochila.

Recuerdo bañar a Imanol en una tina pequeña sobre una mesa, cuando apenas tenía un par de semanas de nacido. Hoy ya tiene más de tres años. Habla, juega con mi nombre, me llama “Tío Tebico” y me dice que me ama. Esa memoria doble —su fragilidad recién nacido y su voz ahora clara— la guardo como un tesoro.

Podría seguir, pero no necesito escribirlo todo hoy.

Bucarest y Costesti – Mitad mitad

Bucarest tiene algo. Tiene algo que aun no sé cómo describirlo. El ruido de la ciudad me perturba. Pero la compañía de los que he conocido ahí me despierta, me anima, me alienta a buscar lugares para sentarnos y contárnoslo todo.

Bucarest también se siente a veces como mi laboratorio de experimentos. He aprendido cosas. Cosas de mí. Cosas del mundo que me gustan y cosas que no. Cosas que quiero que sigan siendo parte de mí y otras que no.

Costesti tiene una apertura a un estado de calma que admiro, que busco que sea parte no solo de un verano. Sino de un verano más largo. Un tantito más largo a través de los años.

Costesti despierta y nutre una parte de mí que me gusta. ¿Serán los montes y los árboles? ¿El coro de los grillos por las noches? ¿La visita esperada de los gatos? ¿O la visita matutina de los venados aprovechando las manzanas caídas?

¿O será la ausencia de… ? ¿De qué?

He puesto una monstera sobre la mesa en la terraza. La observo todos los días y le hablo un poco. Algo como: vamos, tú puedes, necesitas tu primera hojita. Le tengo fe.

También estoy esperando la visita de un nuevo gato que seguro querrá su cena. Anoche le di un queso muy salado, y por primera vez tocó mi mano con su nariz. He pensado en llamarlo «Pepinillo». Con su pelaje negro y blanco parece que estuviera vestido de esmoquin.

Lugares que hablan

Alguna vez escribí que hay lugares que hablan. Y que los escuchamos con la memoria. Esta noche abro ese álbum: voces, paisajes, rostros. Todos me susurran algo.

Esto me hace preguntarme: ¿Y si pertenecer no fuera un lugar fijo, sino una suma de lugares que descubro y construyo al volver una y otra vez a pie o con la memoria?

Gracias por leer.