Empezar de nuevo

5–8 minutos

Otoño otra vez

Es otoño ahora. Y era otoño entonces, así que me hace pensar como si hace 10 años realmente hubieran empezado ayer.

Mis primeros meses en Oradea fueron como un tobogán casi salvaje de emociones. Entre ver tanta gente blanca y sentirme más mestizo, el idioma, la nostalgia del otoño que se transformaba rápidamente en un crudo invierno… pasaba horas metido en la bañera, escuchando música, comiendo Snickers y escondiéndome del mundo cuanto pudiera.


Mehmet Ali

Un estudiante de intercambio del programa Erasmus. Uno de los varios turcos que me presentó un compañero rumano. Esa noche entré a la habitación para una introducción muy ceremonial, dando la mano a cada uno. Hasta que llegué a él. Nos sonreímos de una forma casi como si supiéramos que seríamos tan cómplices como ese “viaje” nos lo permitiera.

Su nivel de inglés no era avanzado, pero fue suficiente como para establecer una amistad bastante sólida.

Pasábamos las tardes juntos: yo con un café y él con una cerveza. Nuestras conversaciones eran sobre viajes imaginarios por Europa del oeste. Él tenía que llegar a Perú a conocer a mi familia y comer comida marina. Y yo tenía que conocer a su madre y su jardín en Hatay.

Mehmet Ali fue mi conexión a su grupo de compañeros turcos. Muy a menudo andaban todos en comunidad. Recuerdo una vez que fuimos por unas hamburguesas con queso, unas que costaban muy barato. Después de terminar tan rápido, uno de ellos me dio de comer en la boca. Tras sonrojarme, me explicaron lo especial que es que un amigo turco te dé de comer así.

Tradicionalmente los hombres suelen andar cogidos del brazo por la calle. Algo que la sociedad rumana juzga como poco viril.

Kankito, una mezcla de kanka (mejor amigo, en turco) con un diminutivo español. Así nos decíamos. Viajamos un par de veces juntos para conocer otras ciudades en Rumanía y, finalmente, para decirnos adiós.

Al año siguiente conocí a su familia. Su jardín. Fuimos a Estambul. Y me dejé crecer el cabello, luego la barba, y finalmente solo el cabello y el bigote.


Snowie (Catalina)

Recuerdo dos cosas importantes. Alguien le dijo a Catalina que parecía haberse cortado el cabello. Entonces ella respondió: “me lo he lavado.” Parecía muy extrovertida y conocida por el resto de la clase. En ese tiempo era rubia y tenía ondas.

Una vez levanté la mano. Sin saber que la mitad de los estudiantes venían de una formación en filosofía, fui voluntario para leer y presentar un texto de Emanuel Kant. Catalina me escribió luego para ofrecerme ayuda con la lectura. ¿Ayuda?, pensé. Nos dividimos el texto y lo presentamos.

“Eso es trauma.” Fue la primera vez que escuché a alguien decir algo así con tanta tranquilidad para describir una situación. Hablábamos en una cafetería de la zona sobre los estudios, sobre cómo se puede hacer filosofía, sobre Perú y sobre los Cárpatos en Brașov.

Un tiempo compartimos apartamento, alrededor de cuando ella hizo un intercambio en Madrid y yo en Ankara. Entonces aprendí a usar la tabla de skate (longboard específicamente) y la de snowboard. A veces íbamos al parque con un amigo. Otras veces veíamos pelis, cantábamos, o simplemente la veía pintarse las uñas mientras charlábamos sobre lo que fuese.

Snowie es una mujer increíble. Hemos tenido conversaciones muy profundas sobre cada uno y sobre el mundo. De esas que te dejan pegado al sillón, con los ojos brillando como estrellas en el cielo de las montañas, y que te hacen sentir que no estás solo y nunca lo estarás.


Oana, guapi

“Háblame”, me dijo. Salimos de la oficina, fuimos a conversar. De hecho, a llorar un poco. Y volvimos otra vez, con el corazón más descansado.

Nos conocimos en el trabajo. Tenía el cabello de un rubio imposible de no notar. Uf, qué tiempos.

En ese tiempo hacíamos facturas. Y no es por ser arrogante, pero fuimos los más dedicados en ese lugar. Nos quedábamos horas extra para poder terminar lo que había que hacer, y entonces era la hora del karaoke.

Guapi tiene una voz hermosa. Aunque dice que no está a la altura de ser artista, yo sé que iría a sus conciertos. Que siempre compartiría sus canciones en redes sociales. Y aunque no haga su voz conocida, me encanta haberla escuchado interpretar a Amy Winehouse.

Tiene esa voz que te hace sentir que solo vivimos una vez en este mundo. Esa voz que te hace sentir que finalmente es viernes y has terminado el horario de trabajo. Que te hace decir: al diablo estas facturas.

Guapi fue siempre mi cómplice. Una vez que estuve muy enojado, vino a confrontarme y me dijo: “háblame, ¿qué tienes?” Me sentí bien de poder contárselo.

Recuerdo cuando se quedó dormida después de comer papitas fritas, una vez que fuimos de fiesta. Recuerdo su vestido rojo. Y también su vestido azul. También recuerdo el día que cambió de look: de rubia a castaña. Siempre deslumbrante.

Oana es un bombón. No solo físicamente, sino que tiene un corazón dulce como un chocolate belga, especial.


Manu del Río

Ese es su nombre de drag queen. Tuvimos que bautizarla con uno después de ver tanto Drag Race. RuPaul estaría orgulloso de nuestra creatividad.

A veces soñamos que nos ganaremos la lotería, pero que, si eso pasa, iremos de perfil bajo. Quizá compremos un auto nuevo, o quizás una vaca, unas cuantas ovejas y unas cuantas gallinas. Tendríamos más gatos y más perros.

Trabajamos juntos; de hecho, fui yo quien la capacitó. Su mente tan hábil y su capacidad para gestionar personas con tanta dedicación le abrieron camino. Y a donde la ha conducido la vida, ahora cuida una casa muy hermosa que guarda y esconde recuerdos dignos de ser escritos en una memoria de su familia y su pueblo.

Manucu puede hacer operaciones matemáticas mentalmente antes de que logres abrir la aplicación de calculadora en tu teléfono. Y puede leer varios libros mientras uno todavía repite el mismo capítulo.

Le encanta Freddie Mercury. Una de sus canciones favoritas es “I’ll be your clown” de Emeli Sandé.

A veces verifica diez veces si ha apagado las hornillas de la cocina. Y conduce a una velocidad promedio, como dice ella… apenas a unos 70 km por hora.

Otras veces dice que podría haber sido una Nadia Comăneci, o quizá una atleta olímpica de 100 metros planos. Yo sí le creo (a la velocidad que conduce, imagino que hubiera corrido igual si hubiera podido).

Una de sus flores favoritas son las rosas rojas que sembró su madre en el jardín de su casa de campo.


He conocido partes de Rumanía: el bosque, las montañas, el valle y el mar. Y algunas de estas personas me han acompañado y me han mostrado no solo la belleza de esos lugares, sino también la belleza de una amistad genuina, transparente y de bien.

Quizás en otro momento te pueda contar cómo aprendí expresiones en turco con mi kankito, o de mi reencuentro con Snowie después de su mudanza a Finlandia, o de la vez que fui a una cena de trabajo con mi Guapi (con vino gratis), o de cuando Manu del Río y yo fuimos a Perú.

A veces me gusta tomar fotografías con la memoria. Como las que tomé de Mehmet Ali, Catalina, Oana y Manu, quienes me ayudaron a empezar de nuevo.

Es posible que haya tomado una contigo.

Gracias por leerme.