Inventario cultural

5–8 minutos

Una reflexión personal sobre la identidad, la libertad y el peso invisible de lo que traemos con nosotros.

No sé si alguna vez has vivido fuera de tu país.
Si es así, probablemente nos entendemos.
Y si no, seguro lo has escuchado de alguien cercano.

Una de las cosas más importantes que esa experiencia ha producido en mí es empujarme a ser más consciente de mi identidad cultural.

Hace poco, leí muchos comentarios en uno de mis videos de TikTok relacionados con mi acento. A partir de ahí se desató una conversación entre quienes lo vieron sobre qué significa ser peruano en el extranjero.

Aunque es cierto que cada quien tiene su propia experiencia y opinión, esta es la plataforma que tengo para hablar de la mía.
Y no necesitamos ponernos de acuerdo sobre quién tiene la razón o quién está equivocado.
Se trata, más bien, de reconocernos.
Y para reconocernos, primero hay que conocernos.

Algunas personas dijeron que el acento no se pierde si uno es “verdaderamente” peruano.
Otras dijeron que depende de con quién interactúes.
Y otras más, que lo pierden muy rápido.

Yo pienso que todas esas versiones son válidas.

Sobre la identidad cultural

Para hablar de identidad, quizá deberíamos comenzar por definir qué es “cultura”.

La RAE nos da dos definiciones:

  • Conjunto de conocimientos que adquiere una persona y que le permiten desarrollar el sentido crítico y el juicio.
  • Conjunto de modos de vida, conocimientos y grado de desarrollo de una época o de un grupo.

Así que, si vamos a usar algún criterio para hablar de culturas, yo me quedo con esas definiciones.

Viví 27 años en Perú.
Veinticuatro de ellos en mi ciudad natal, al norte del país, y tres en Lima, la capital.
Ambas ciudades costeras del Pacífico.

Luego viví medio año en Ankara, Turquía (centro-norte, sin salida al mar), nueve meses en Oradea, Rumanía (noroeste, cerca de Hungría), y nueve años en Bucarest (sureste, también sin salida al mar).

Dos tercios de mi vida han sido en Perú.
Un tercio, en Rumanía.

Algunos rumanos me han dicho que ellos también son latinos. Que son, de hecho, los latinos de Europa.
Y entonces yo agrego: “Yo soy latino… mejor dicho: latinoamericano”.

¿Por qué menciono todo esto?
Porque ha sido necesario para entender por qué existe una especie de contrariedad en mi identidad cultural.

Tal vez también se refleja en mi acento al hablar español.
La verdad es que tengo acento en todos los idiomas que hablo.
Y eso no me hace sentir ni más ni menos.

Para mí, ese acento es una huella fonética de mi trayectoria cultural.

Lo que soy (y lo que no)

He dejado de pensar que mi identidad cultural es una sola cosa.

Es más que la suma de los lugares en los que he vivido.
Mi identidad no es el idioma que hablo.
No es mi lengua materna ni los otros idiomas que he aprendido.
No es mi género.
No es mi estado civil.
No es el color de mi piel en Perú, ni en Rumanía.
No es cómo saludo en mi ciudad natal ni cómo saludo en la ciudad donde vivo ahora.

Mi identidad tampoco es la generación en la que crecí, ni las novedades que llegaron con las nuevas.

Y sin embargo, a menudo me siento confrontado.

Cuando quiero dar un abrazo, pero solo se espera un apretón de manos.
Cuando sonrío al saludar, y me devuelven una mirada indiferente.
Cuando abro la puerta para alguien y no escucho un “gracias”.

Cuando no comento sobre el cuerpo de una mujer, y escucho una seguidilla de frases que prefiero no repetir.
Cuando digo que creo en Dios y en la doctrina, y me miran de reojo por mis tatuajes o mis piercings.
Cuando en Perú dicen que parezco venezolano, o en Rumanía me dicen gitano… con ese tono que lastima.

Sobre la libertad

Algunas personas comentaron en mi video que la libertad no existe.
Y lo justificaron con argumentos históricos o políticos.

Yo pienso que la libertad existe.
Y que no tiene que ver con hacer o decir lo que uno quiere sin límites.
Creo que la libertad se manifiesta distinto para cada persona.

Hay quienes viven su libertad en contextos donde la sociedad impone límites que no pueden (o tal vez nunca podrán) superar.
Y hay quienes viven su libertad en silencio, en vidas tranquilas y privadas… incluso cuando la sociedad les permite mucho más.

¿Y qué tiene que ver esto con mi identidad cultural, pasada y presente?

Pienso que la libertad es una realidad, pero también una consecuencia de cómo pienso y actúo.

En Rumanía, tengo libertad para vivir y trabajar.
Pero son derechos que tuve que solicitar, porque así funciona el sistema.

También tengo cierta libertad como inmigrante, pero solo la consolidé cuando aprendí el idioma local.
Y cuando empecé a entender el sistema, relacionarme con él, adaptarme a él.
Solo entonces he podido imponer o bien mi cultura peruana… o bien mi propio mestizaje cultural.

Un inventario

Hoy quiero compartir contigo un inventario de cosas que he notado en Rumanía, que provienen de mi crianza en Perú y de la generación a la que pertenezco.

No es una lista de normas universales.
No busco validarlas ni juzgarlas.

Solo quiero nombrarlas.
Y compartirlas contigo.

  • Comer el almuerzo o la cena se hace a la hora y todos juntos. Quienes sean que estén en casa en ese momento. Y la comida se come caliente porque fría es fea. El agua se toma después de comer. Y se come todo lo que hay en el plato.
  • Responder a alguna afirmación hechas por mis padres se le considera faltar el respeto. A los padres se les escucha. Y se les responde solo cuando hacen alguna pregunta.
  • Ayudar a tus hermanos menores. Compartir con el resto de tus hermanos. Nunca sales a comprar unas galletas o un helado y regresas comiendo a casa sin traer algo para compartir con los demás.
  • Si peleas con tus hermanos, tienes que pedir perdón. En ese momento, ese día. Y si les pides algo, la fórmula correcta es: «¿puedes pasarme el azúcar, hermanito(a)?»
  • Nunca vayas a casa de tus amigos(as) durante la hora de comida. Y nunca te quedes tanto tiempo como para luego incomodarlos.
  • Lavas lo que usas. Y la ropa sucia tiene su lugar. La cama la tiendes cuando te despiertas.
  • No regresabas tarde a casa porque era (aún es) peligroso. No podías tomar un taxi porque era caro, y el transporte público no funcionaba tarde. A veces tenías algún conocido que hacía taxi, a ese llamabas.
  • No contestabas llamadas por la calle, te podían robar el teléfono.
  • A los hombres saludabas o dando la mano o con un abrazo, y a las mujeres con un beso en la mejilla. Y normalmente, saludas a cada uno que esté en ese lugar o reunión.
  • En los mercados podías negociar los precios de los alimentos, hasta que llegaron los centros comerciales y supermercados.
  • En los mercados tenías tu caserita. Esa señora a la que siempre le comprabas. Te tenía precios especiales.
  • No te vistes con colores llamativos porque la gente por la calle te mira y comenta.

Me quedo ahí por ahora.
Te dejo respirar un poco.