Durante mis últimos años de adolescencia y mis veintes, solía visitar la playa cada fin de semana con un grupo artístico al que pertenecía. Lo hacíamos casi con una devoción religiosa -de forma figurada y literal. El sol quemaba, sí, pero nosotros estábamos ahí. Hay cosas que se quedaron grabadas: el sonido constante del océano, ese crujido interminable de las olas rompiendo. El vaivén que nunca se detiene. La brisa fresca del día, que por la noche se volvía cortante. El océano no descansa.
A veces entraba al mar hasta donde sentía que podía resistir. No me atrevía a ir más allá. Envidiaba un poco a quienes se deslizaban mar adentro, con una confianza que nunca me sentí capaz de replicar. Nunca aprendí a surfear. Me pregunto si debí haberlo intentado.
Lo que sí me hacía sentir seguro era el recuerdo de mi papá, llevándome al agua cuando era niño. Su seguridad era la mía. Era como si su forma de moverse entre las olas me enseñara que yo también podía estar ahí. Hasta el día de hoy, cuando entro al mar, lo hago con ese mismo respeto, pero también con esa confianza heredada. Me dejo cubrir por el agua hasta el cuello.
Es intimidante. Sentir cómo la corriente te mueve sin que puedas hacer mucho al respecto. Pero a veces, rendirse es parte del camino. Dejarse llevar también puede ser una forma de salir.
Una vez vi cómo una lluvia ligera tocaba el Pacífico. Un momento hipnótico. A veces la naturaleza se expresa con tanta autenticidad que hasta me da celos. No le importa ser vista. Solo es.
Esta semana, una amiga me mandó un fragmento de uno de mis textos recientes junto con sus pensamientos en un audio. De fondo se escuchaba el mar. Su voz y las olas. Fue un regalo. Un pequeño relámpago de memoria. Y lo recibí con el corazón abierto.
Han sido días de lluvia en Bucarest. Observé cómo el agua caía sobre el Dâmbovița (puedes decirle Dambovitsa), y esas imágenes del Pacífico regresaron. Me conmovió profundamente.
Y ahora que comparto esto contigo, quiero preguntarte algo: ¿Alguna vez te has sentido así? Como yo en esas aguas. Con el agua hasta el cuello. Donde uno puede sentir miedo o confianza—o ambas a la vez. Donde reconoces el riesgo, pero también la posibilidad de salir. Tal vez llegaste ahí por voluntad propia. Tal vez no.
Sea cual sea tu respuesta, quiero que sepas que estoy escuchando. Que hay alguien que te escucha.
